lunes, 8 de marzo de 2010

El Grillo 29

El año nuevo:
Hasta el día siguiente estuve bien. Durante la noche hubo estruendos (y olor a cambio). Luego hubo silencio y párrafos que hoy parecen vanos.
Sacudí mi cabeza varias veces. El año había cambiado, pero mi cabeza no. Seguía pensando en la obra, en su necesidad y perfección conjunta. Las hojas no me bastaron y el festejo fue parco.
Trate de recordar si había dormido o no, pero no pude. Supuse un descanso, ya que me hallaba sin rastros de debilidad. Cuando fue cayendo la tarde el hambre me empujo hacia la calle. Eso si lo recordaba, no había comido en los últimos dos días. La lectura y mi intento por salir de aquella angustia me habían consumido en horas sin hambre, en minutos sin apuro.
Pero el hambre siempre abrevia esos momentos sin tiempo. Deben haber sido las siete cuando salí. Por suerte había un quiosco abierto. La gente seguía festejando. En la puerta del quiosco había unos muchachos tomando. Fueron los primeros (y los únicos) en nombrarme el año nuevo. Lo agradecí con una sonrisa y me senté a su lado a comer.
Dos panchos fueron suficientes. Salude a los muchachos y me levante sin rumbo. Instintivamente me encaminé por la avenida. Todo lucia diferente, aunque sé que nada había cambiado. Pero había algo en el aire, quizá fuera la adrenalina de la noche; la de todas las noches, pero en especial la de la pasada. También había algo en mi cabeza, pero no sabia que. Era algo así como un ruido agudo, que invertía el dilema del árbol cayendo en un bosque sin vida. Puede ser sonido aquello que se escucha sin tener fuente.
Seguí caminando hasta encontrare parado frente a la biblioteca. Era la primera vez que la veía así; toda apagada, sin vida. Pero sabia que ahí dentro había miles de vidas, dedicaciones exclusivas al arte, recordatorios del ocio mas sano.
Estuve diez minutos sin saber que hacer. No podía soportar hasta el día siguiente. Di la vuelta por la esquina buscando la ventana del baño que daba a la calle lateral. Debía entrar, la obra me esperaban
La ventana estaba, aunque no abierta, donde lo esperaba. La forcé para entrar sin mayor trabajo. Algo me decía que debía hacerlo, como una de esas tareas que se nos asignan como destinos.
Una vez adentro solo restaba encontrarla... y huir. Aunque podría haberla leído y devolverla a su sitio; pero no podría hacer ambas cosas. En ese aspecto, la vida es como la literatura. Ante las disyuntivas uno elige, como cada personaje para acercarse al fin. Cada pagina es un hito, un mojón de ruta, aunque no sepamos como ha de terminar nuestro relato. Pero ha de terminar como toda buena historia tras la anteúltima pagina.
Así es que me decidí a robar la obra. Hoy me pregunto que hubiera pasado si me hubiera quedado a leerla allí. Pero de nada sirve, porque no pude y ni siquiera puedo imaginarlo. Me quedo con mi destino pobre y elegido.
Todo esto para justificar mis actos, para que se entienda mi proceder y mi no arrepentimiento.

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